Capítulo 16 - Fortuna

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16 - Fortuna

 

—¿Aparte de íncubo tienes complejo de mono araña? —preguntó una voz que Ludo reconoció.

Ludovic se hallaba a varios metros del suelo, colgado de cabeza de unas largas telas de poliéster. Los extremos de las mismas estaban enredados en sus brazos, mientras sus piernas se mantenían rectas apuntando hacia el techo.

—¡Chispitas! —dijo después de abrir los ojos y extender su sonrisa—, ¿cómo me encontraste?

—Te estuve esperando en la cafetería, donde me dijiste ayer que te esperara hoy. Nunca llegaste. Estaba por largarme, pero me topé con tu compañera, la tía guapa de cabello chino y acento sovien, revisó su reloj y me dijo donde encontrarte —aseguró cruzándose de brazos—. Esos relojes que traen sí que son útiles. ¿También tendré uno?

El mismo dron yi-mini que los estuvo siguiendo el día anterior se elevó desde detrás de Victoria, se acercó hasta Ludovic en medio de estridulaciones mecánicas. El lente quedó fijo en la figura invertida del cerbero.

«Me había olvidado de esa cosa», pensó Ludo con fastidio.

Ludo enredó una de sus piernas en la tela antes de desenredar sus brazos. Dio una marometa en el aire y se enderezó, de forma grácil y con un movimiento suave fue descendiendo hasta que sus pies descalzos tocaron el suelo acolchado.

—Hasta que termines tus días en la academia —le confirmó mostrando su propio reloj.

El diseño era el mismo en todos los folkloristas, se fuera cerbero o no, la misma mezcla de estética entre anticuada y gótica, si no fuera por la pantalla táctil podría pasar fácilmente por un accesorio vintage.

Ese día Ludo llevaba puesto un short holgado y una camiseta de tirantes, ambos en un color negro que resaltaba el tono rosado de su piel pálida. Recogió una toalla de una banca que yacía contra una pared, mientras se limpiaba algunas perlas de sudor de su frente y cuello perdió su mirada celeste en un punto vacío entre las vigas del techo.

—¿Sabes?, no entiendo porqué asocian algo tan desagradable a una criatura tan linda —preguntó de pronto con sus pobladas cejas fruncidas.

—¿Qué...? —Victoria volteó a su alrededor confundida.

—El mono —continuó después de tomar de un bote de agua que se veía a la mitad.

—¿Te refieres a lo del mono araña? 

Asintió volviendo a dar un pequeño trago.

—O sea..., los monos son lindos, y graciosos, ¿por qué asociarlos a algo tan repugnante como una araña? —cuestionó haciendo una mueca.

Victoria quedó muda por unos segundos, tal como si Ludo le hubiera hablado incoherencias.

—No se... supongo que tiene que ver con el hecho de sus extremidades grandes y largas, además de la forma en la que se mueven —respondió. Al terminar su explicación se rascó desacomodando su cabellera roja al no lograr entender por qué lo había hecho.

La mirada perdida de Ludo de pronto pareció iluminarse y casi de inmediato aparecieron sus hoyuelos.

—¿Pero qué tiene que ver un feo insecto con que alguien tenga una parte de su cuerpo muy grande? —el cerbero dio un giro y comenzó a mover su cadera—, me han dicho que mi trasero es grande y no por eso sería Ludo araña... aun que bueno, las mayoría de los insectos tienen un trasero horrible.

Victoria quedó muda por varios segundos. Alrededor de ella y del íncubo seguía flotando el yi-mini y por algún tiempo sus estridulaciones fueron el único sonido presente entre los dos.

—Tío... ¿en verdad sueles ser así de tonto o solo es que tu mente funciona de formas misteriosas? —cuestionó después de que logró volver arrancar su cerebro. Victoria levantó su mirada hacía las telas que caían desde lo alto de las vigas— ¿O estuviste demasiado tiempo de cabeza?

Ese día la pelirroja vestía unos flats negros, una falda oscura acompañada de medias que compartían el mismo tono gris que su suéter, el cuello de tortuga escondía un poco el brillo metálico de su collar de obediencia.

Victoria volvió a observar hacia las telas de las que Ludo había estado colgado.

—Como sea. ¿Por qué no empezamos? —preguntó, extendiendo uno de sus esbeltos brazos—. Cuando venía hacía acá vi a unos chavales muy majos, no me importaría echarles un ojo de nuevo.

—A pesar de que a partir de ahora te la pasaras rodeada de folkloristas la verdad no te recomiendo acostarte con ellos —declaró con voz seria—, al menos por el momento trata de evitar a los humanos.

La cerbero arqueó sus cejas y se cruzó de brazos.

—Para ser un íncubo esa ha sido una de las frases más patéticas de ligoteo que he escuchado —aseguró—. Mejor hubieras sido directo.

Ludo entrecerró los ojos y frunció sus cejas.

—Ya te dije que yo no...

Victoria le interrumpió volviendo a hablar.

—Vale, vale... —abaniqueó una de sus manos como si estuviera ahuyentando las palabras que quedaron mudas en los labios de Ludo—, tampoco es que realmente tuviera intenciones de acostarme con alguien ahorita, solo dije que se me hicieron guapos.

Ludo volvió fruncir sus ojos al tener un destello de memoria que se remontaba varias décadas atrás, cuando Viktor, su ex tutor no dejaba de darle advertencias que normalmente eran vaciadas en los oídos sordos de Ludovic, consejos que a la fecha se arrepentía de no haber tomado en cuenta, la cantidad de problemas que le pudieron haber ahorrado.

Aplastó entre sus manos el bote de plástico vacío. Al arrojarlo a un pequeño bota de basura observó a través del reflejo de la pared de espejos como el yi-mini continuaba siguiéndolo desde su espalda, tal como el día anterior.

Realmente no le molestaba que lo vieran, era un íncubo, en su naturaleza estaba ser un poco vanidoso, o al menos eso era lo que creía, pero eran el tipo de miradas y como estas se sentían lo que lo llegaba a incomodar.

De un segundo a otro, el rostro inexpresivo de Ludo se iluminó en el momento en el que aparecieron sus hoyuelos.

Dio media vuelta quedando de frente con Victoria y colgó la toalla en su hombro.

—Sigamos con el tour. Sobra decir que este es el gimnasio —dijo extendiendo sus brazos.

Apartó al yi-mini de un leve empujón antes de ponerse a caminar en círculos, el dron pareció reprocharle emitiendo varias estridulaciones.

—Por si no lo sabías, entre los folkloristas existen varias especialidades de combate, esta es una salas de entrenamiento los asesinos, folkloristas expertos en combate ágil y de velocidad.

Victoria asentía mientras observaba a su alrededor. En unas esquinas habían amontonados muñecos de combate, dianas de distintos tamaños que se notaban muy maltratadas por su uso, y algunos racks de almacenamiento con armas de entrenamiento como espadas, sables y cuchillos de distintos tamaños. También habían algunas anillas que colgaban del techo junto a las telas y algunas barras paralelas. Si uno no prestaba mucha atención cualquiera diría que se trataba de una sala de gimnasia.

—¿Pero qué tiene que ver la danza aérea con combate? —preguntó después de tomar un extremo de una de las telas.

Ludovic enredó una de sus muñecas con el otro extremo, tomó impulso y comenzó a dar amplias vueltas en círculo alrededor de Victoria, fue ganando velocidad y siguió enredando más  sus brazos. Victoria siguió inmóvil en su lugar, cruzada de brazos, fijándolo con la mirada. A cierto nivel de altura dio unos giros que provocaron que las telas se ciñeran a su cuerpo dando la impresión de que quedó bien sujeto. Soltó sus manos y extendió sus brazos antes de dejarse caer de espaldas, fue girando y bajando como si asemejara un yoyo humano, siguió girando hasta que la tela se soltó y aterrizó frente a Victoria con una reverencia.

—Lo de las telas es algo mio —aseguró con una sonrisa triunfante—, me da algo de nostalgia.

En vez de mostrarse impresionada, Victoria entornó los ojos protuyendo sus labios que ahora llevaba con labial mate.

—Tíos… —dijo tras soltar un suspiro—, humanos o no todos tienen ese impulso masculino de flexionar sus músculos apenas están frente a una mujer.

—¡Ey! Si hubieras sido un chico lindo también hubiera intentado impresionarte —afirmó algo decepcionado—. ¿En serio no te sorprendí ni un poquito?

—Después de todo lo que te conté ayer, después de todo lo que pasé ¿crees que un truco básico de circo me va a hacer flipar así de fácil?

Ludovic hizo un mohín y se cruzó de brazos. Era claro que le había golpeado un poco el ego.

—Bisexual, ¿eh? —preguntó Victoria pasando rápido del tema—. Ya decía yo que algo en ti no me terminaba de cuadrar, incluso comenzaba a sospechar que eras autista, bueno... esa sospecha aun no desaparece.

—¿Autista?, a veces así me dice Charlotte.

—¿Tu compañera?

—Sus palabras exactas son "íncubo autista" —citó—, aunque no entiendo muy bien a que se refiere. No le he preguntado porque sospecho que voy a quedar como ridículo —aseguró rascándose la nuca.

—Ya veo... —Victoria había dejado de estar cruzada de brazos y ahora sus manos las apoyaba en sus caderas. Mantenía su mirada fija pero ya no lo fulminaba con la mirada, su sonrisa era más suave como si hubieran conectado los cables por si solos—. Tu boca no tiene filtros, ¿verdad?

—¿Cómo?

Victoria se atacó de la risa.

—Nada, olvídalo. Tan solo me doy cuenta que eres muy curioso... en el buen sentido, muy diferente a los pijos con los que solía tratar en el Leviatán. Tenía una idea muy diferente de lo que podrían ser los íncubos. —Dio un largo suspiro antes de continuar— Tenías razón ayer, en verdad que no se nada sobre folklore.

Como alguien marcado por los traumas, Ludovic podía darse cuenta de que Victoria llevaba tiempo sin reírse de forma tan natural. Con Charlotte tuvieron que pasar algunos años hasta que pudo verla sonreír.

Victoria desvaneció su sonrisa. Se inclinó un poco hacia Ludo y después frunció su rostro mientras abanicaba una mano frente a ella.

—Joder, tío. Hoy no hueles a pan pero igual apestas —aseguro alejándose unos pasos.

—He estado entrenando, ¿qué esperas?, si quieres paso primero a ducharme antes de seguir mostrándote el claustro. —De pronto pareció desconcertado— Espera... ¿Cómo que olor a pan? 

Victoria volvió a reír, complacida por la reacción que había causado en el íncubo.

—Tienes una elección curiosa de crema corporal —señaló tratando de sonar desinteresada aunque era obvio que quería seguir picando las costillas a Ludo—, y no, ya vámonos, me la pasé varios años rodeada de vampiros, soy capaz de soportar malos olores, en comparación el tuyo no es nada.

Ludovic tenía intención de replicar algo, pero de pronto hubo un ruido que alertó a ambos.

Fuera de la sala al otro lado del vidrio, se encontraba un hombre con la característica vestimenta de oficina de los folkloristas, de tez clara y cabello rubio cenizo. Volvió a golpear el cristal con los nudillos. Cuando fue notado sonrió ondeando una mano. Victoria devolvió el gesto extrañada, aunque no tardó en darse cuenta de que el saludo no iba dirigido a ella. Ludovic emitió un sutil quejido de molestia, la cerbero rápido se dio cuenta como el íncubo cambió su expresión, sus hoyuelos se difuminaron hasta que lo único en su rostro fue una expresión vacía de póquer.

—Tío, creo que te buscan —dijo Victoria después de mucho silencio.

Putain —maldijo en voz baja—. Espera aquí, ya vuelvo.

Ludovic se dirigió hacia la puerta casi arrastrando los pies, una vez afuera ambos hombres se saludaron, Ludo solo hizo un movimiento de cabeza acompañado de una fugaz sonrisa torcida, mientras que el folklorista le palmeó el hombro provocando que el cerbero se sacudiera.

En cuanto al dron yi-mini este no fue lo suficientemente rápido para alcanzar a salir antes de que se cerrara la puerta.

Victoria trató de distraerse observando el contenido de las vitrinas, pero le era imposible no desviar su mirada hacia afuera cada tanto. Le llamaba la atención el repentino cambio en el lenguaje corporal del íncubo, como mantenía sus brazos cruzados, le parecía como si intentara mantener cierta distancia con el folklorista. Este último hacía lo contrario, avanzaba hacia Ludo cada vez que hablaba, le sonreía de forma curiosa, len cierto momento le rodeó con un brazo para poderse acercar a él y susurrarle algo al oído que claramente no le agradó a pesar de que Ludovic pareció sonreír, una sonrisa a la cual le faltaban sus hoyuelos.

Victoria volvió a mirar hacia las vitrinas, pretendiendo interesarse en unos floretes que notó muy desgastados, no pasaron ni cinco segundos cuando tuvo que regresar su mirada al exterior pues escuchó un par de golpes sordos aun con la distancia y la separación del muro de cristal.

El folklorista seguía abrazando a Ludo pero con más fuerza, hombro con hombro, su rostro muy cerca de su oido. Habría que ser muy despistado o ciego para no notar que Ludovic se veía incomodo. Los golpes se repitieron y el cerbero se sacudió al ritmo de estos.

Sin pensarlo mucho Victoria caminó hacia la salida, y antes de llegar a la puerta pudo ver cómo el folklorista le daba fuertes palmadas al trasero de Ludovic. Victoria empujó la puerta y salió acompañada del yi-mini. El ruido de las estridulaciones mecánicas del dron fueron lo suficiente para que ambos se separaran, Ludo incluso se alejó más de lo necesario.

—Disculpen la interrupción, pero… —la cerbero notó la mirada no muy complacida del folklorista— ¿falta mucho?, dijiste que me ibas a mostrar eso en tu alcoba —dijo esta vez con su completa atención en Ludo. fue lo primero que se le ocurrió decir.

El íncubo mantuvo su mirada en Victoria por unos segundos, sorprendido por su intervención. La pelirroja pudo notar el momento exacto en que la confianza volvió a él, alzó su barbilla, y sus hoyuelos reaparecieron, aunque aun algo difuminados.

—Como ya dije, Sam, en verdad no puedo, estoy ocupado —dijo Ludo antes de tomar la mano de Victoria—. No es ningún secreto que el consejo está sobre mi cuello desde que volví de mi último caso. Si no hago mis obligaciones no habrá más Ludovic para Sam... ni para nadie.

—Pero hace mucho que no nos vemos —replicó Sam en un tono que intentó sonar juguetón, pero que igual no ocultaba algo de molestia.

—Lo sé, tendrás que esperar a que vuelva de Aztlán —aseguró Ludo encogiéndose de hombros.

—Eso puede tomar días, o semanas —ahora si sonó irritado.

—Tómalo como un incentivo —dijo antes de darle una palmada rápida en el hombro—, o busca a alguien más, no puedo ser el único que da buenas cojidas.

Ludovic dio un ligero jalón a Victoria dándole a entender que era momento de irse de ahí. Mientras aceleraban su paso  la maleficarum pudo sentir la repentina humedad que empapaba la mano del íncubo.

A diferencia de cuando Ludo visitó el lugar con Charlotte hace días, los pasillos se veían concurridos por lo que tenían que ir esquivando gente cada tanto, se veían tanto folkloristas con y sin collar. Algunas salas como de las que salieron se veían con gente entrenando y realizando combates con diferentes tipos de armamentos. Algunas pantallas que colgaban del techo mostraban la interfaz de que se estaban llevando algunos versus como el que tuvieron Ludo y Charlotte.

—Traumas similares, ¿eh? —preguntó Victoria después de permanecer callada por un buen rato.

—¿Hmm…? —Ludo mantenía su mirada fija al frente, cuidando de no chocar con nadie, aun así se le veía distraído de alguna forma.

—Si quieres podríamos ir a otra parte. Me queda claro que esto es el gimnasio. ¿Por qué no me muestras otro de tus escondites? —ofreció ella—, y vemos si otra vez podemos deshacemos de esta mosca mecánica —dijo refiriéndose al yi-mini que los seguía desde lo alto.

—¿Qué? No… estoy bien —respondió con sequedad—. Pero sí, es mejor que vayamos a otro lado. Si Sam está aquí significa que…

De repente Ludo se detuvo, al igual que sus palabras.

—Joder... —el cerbero soltó en un siseo. Victoria entendió la maldición que Ludovic dijo en idioma galo a pesar de que ella no hablaba el idioma. Recordó que cuando los alquimistas le pusieron su collar también le hicieron una intervención en su cabeza que la dejó varias horas mareada.

Se encontraban ahora junto a una arena de combate en la que Ludo miraba a su interior. Dentro dos folkloristas combatían con armas colosales, uno blandía un espadón mientras que el otro sostenía un gran martillo.

Aun con la distancia, en el suelo se podían sentir las vibraciones que porducían los pesados impactos del metal chocando. La pelea no era lo que le había llamado la atención a Ludovic, sino una de los folkloristas que participaba en ella. Este mismo, en cierto momento también se percató de la presencia del íncubo. Se trataba de un joven con la apariencia de estar en la mitad de sus veintes, figura imponente, piel morena, hombros anchos y cuerpo increíblemente atlético, aún con su ropa de combate se podía intuir una evidente musculatura debajo. El logo del círculo de pacificadores se veía bordado sobre su pectoral izquierdo: el perfil de un guerrero en armadura alzando una espada frente a él.

El moreno dejó caer el enorme martillo que había estado blandiendo y sonrió de forma ácida antes de dirigirse hacia la puerta de salida.

—Me dijeron pero no me lo creí —dijo apenas estuvo en el pasillo—. El puto de avistamientos sigue libre entre nosotros.

La altura del moreno quedó mas en evidencia cuando este se detuvo frente a Ludovic y Victoria cruzándose de brazos, superaba al íncubo por una palma y eso que este medía uno ochenta y cinco.

—Fortuna… —dijo Ludo con una leve sonrisa forzada—, es un gusto verte también.

Victoria notó, que a diferencia de Sam, este nuevo folklorista realmente no incomodaba a Ludo; más bien le fastidiaba.

—Es Dante para ti —dijo el moreno después de inclinarse sobre él y palmearle el hombro con fuerza—. Los perros como tú no necesitan de formalidades.

Ludovic arqueó sus gruesas cejas, observó la gran mano sobre su hombro y luego a Dante, quien no había dejado de sonreír con superioridad. Victoria captó una tensión extraña en el aire, algo personal.

Ya teniendolo de cerca, Victoria pudo apreciar mejor los rasgos de Dante. Tenía un rostro y facciones cuadradas, con rasgos latinos, su voz incluso tenía acento. Cabello negro, corto y liso, cejas pobladas aunque no tanto como las de Ludo, estas enmarcaban unos ojos color arena.

—¿Me debería doler? ¿Gustarme? —preguntó Ludo ladeando su cabeza en dirección a donde Dante seguía aferrándose a su hombro—. ¿Estás tratando de excitarme?

La sonrisa de Dante fue desapareciendo poco a poco.

—En ese caso... —el íncubo tomó la mano libre del moreno, y sin titubear, la guió hacia su entrepierna donde presionó con fuerza haciendo que los dedos de ambos hicieran prensa en su miembro— te recomiendo que mejor me agarres aquí —ahora el cinismo había pasado a control de Ludovic.

—¡Pinche puto asqueroso! —gritó Dante tratando de zafarse—. ¡Suéltame, enfermo!

El rostro del moreno enrojeció, las venas en su cuello botaron y su frente brillaba con aun más sudor del que se le había visto salir de la arena. Después de unos segundos logró liberarse pero perdió el equilibrio, cayó de sentón al suelo en medio de manoteos. Ludovic, en cambio solo se sacudió su camiseta sin mangas con desdén, apenas y quedaron unas sutiles marcas de dedos en su hombro. Le dedicó una sonrisa desde su altura, sin un animo evidente de querer ocultar su burla. Aquello solo encendió más a Dante. Se levantó con un salto, puños apretados y un rugido gutural que escapó de su garganta.

Cuando el puñetazo parecía inminente, Ludo giró sobre sí mismo y evitó el golpe, apenas y le rozó la espalda. El íncubo aprovechó el impulso del giro para situarse detrás de Dante y darle una palmada con apenas algo de fuerza, pero con la suficiente para volverlo a enviar al suelo.

No pasó mucho tiempo para que el escándalo captara atención. Grupos de cerberos y folkloristas se fueron acercando atraídos por la curiosidad.

Iba contra las reglas, aun así no era raro ver a folkloristas y cerberos involucrados en riñas personales. El racismo y la superioridad seguían presentes entre las sombras de la cofradía. Lo que sí era raro de ver era a un pacificador; en especifico un berserker siendo humillado por un cerbero avistador. Los pacificadores eran la fuerza bruta entre los folkloristas.

Tampoco era la primera vez que Ludo y Dante tenían un roce de ese tipo.

Dante apenas se estaba reincorporando cuando una carcajada captó su atención. Victoria intentaba acallar su risa con sus manos, el rubor en sus mejillas contrastaba con el color de su esmalte y cabello.

—¿Qué es tan gracioso? —espetó Dante mientras intentaba recuperar la compostura.

—Por un momento me preocupé —aseguro Victoria aun hipando de la risa—. Por un momento de verdad creí que estábamos en problemas, pero veo que Ludovic se sabe manejar muy bien, digo debí suponerlo, a fin de cuentas acabó con Barone Castello y su corte de vampiros, encargarse de un tío arrogante no debe de ser nada comparado con eso.

El rostro de Dante se petrificó como el de una escultura rota.

—Así que tú eres una de esas nuevas perras que trajeron del crucero… —apuntó con tono agrio—. Claro… todo tiene sentido. ¿No te resulta irónico que te hayan asignado de tutor al mismo imbecil que mató a tu antiguo jefe?

—Meh… —Victoria se encogió de hombros—. La verdad cayó como anillo al dedo. Ya estaba pensando en renunciar, tanta brisa marina me estaba arruinando el cabello.

Ludovic se permitió soltar una risa.

—Fue un gusto saludarte, Fortuna —dijo al ya sentirse algo estresado por la cantidad de público—. Sería genial seguir jugando contigo, pero tengo cosas que hacer. Hace mucho que no tutoreo a alguien y estoy oxidado.

Volvió a tomar a Victoria de la muñeca pero Dante se plantó frente a ellos bloqueándoles el paso.

—¿Oxidado? En ese caso permíteme que los ayude —la sonrisa de cinismo había vuelto a aparecer—. Ya que estamos aquí, ¿por qué no aprovechas para mostrarle a tu cachorrita cómo es que realizamos folklorismo?

—Mi nombre es Victoria, gilipollas —bufó ella.

—Como sea —dijo ignorándola—. ¿Qué tal un versus? Tengo curiosidad de saber cómo es que Castello y su corte no pudieron contigo.

Hubo un breve silencio que se interrumpió por una serie de murmullos entre los espectadores que les rodeaban. Algunos compañeros de Dante comenzaron a vitorear.

Ludovic pudo haberse negado. Bastaba con decir “no” y el yi-mini lo respaldaría con evidencia. Ya estaba en la cuerda floja como para arriesgarse a nuevos problemas, pero a Ludovic le era difícil no llevar la contraria. Dante era uno de esos folkloristas que nunca desaprovechaba la oportunidad de humillar a los cerberos, en especial a Ludo.

El íncubo chasqueó su lengua y extendió su sonrisa hasta que aparecieron sus hoyuelos.

Très bien… si tanto insistes. La verdad no recuerdo la última vez que combatí contra un berserker.

Victoria se acercó a él hasta colocarse cerca de su oído. Ella aún no sabía de su excelente audición.

—¿En serio esto es buena idea? —le susurró.

Ludovic la miró de reojo antes de encogerse de hombros.

—Muy probablemente no, pero al menos prometo que te daré un espectáculo —terminó guiñándole un ojo.

Ludo caminó hacia Dante quien ya se hallaba tecleando en la computadora que se encontraba frente a la entrada de la arena en la que estuvo combatiendo antes.

—¡Monad! ¡Programa un versus entre un folklorista y cerbero!

La gran pantalla sobre su cabeza se iluminó y apareció un punto encerrado dentro de un circulo, el simbolo que representaba a la inteligencia artificial del claustro.

ENTENDIDO. ¿QUIÉNES SERÁN LOS COMBATIENTES?

—Dante Fortuna contra Ludovic Valmont.

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